Mitos porno: la pornochacha
Metidos ya en la cuestión, quisiera hablaros hoy de uno de esos mitos pornográficos que nos acompañan desde hace generaciones y que generan adeptos a puñados día a día entre las nuevas filas de adeptos al porno: la pornochacha.
Como hijo de familia de clase media en aquellos años postfranquistas, tuve la suerte de contar con la presencia de una chica de la limpieza que venía a casa dos veces por semana durante mis años de caliente adolescencia. Ella, Pepa, ya más madurita que otra cosa, nunca vestía provocativamente (¡Dios la librara!), ni iba marcando muslamen ni culazo con faldas cortas y ceñidas, ni enseñaba canalillo (o canalón, según puedo recordar) con sus escotes abiertos aunque no le faltaban dos buenos pechotes para hacerlo; pero en mis noches más salidas, no podía evitar ponerme muy burro imaginando que hacía todo eso, y más de una pajilla cayó imaginando que Pepa entraba en mi cuarto y… Bueno, en aquellos años mozos la imaginación no me daba para mucho más, porque en ese momento ya estaba a punto de explotar y tenía que terminar la gayola, jeje.
Algo más tarde, cuando salí del colegio de curas y entré en el instituto, descubrí que no era yo solo el que aquejaba del mal de la pornochacha, y que todos mis amigos lo padecían y disfrutaban por igual. Aunque, eso sí, ninguno podía decir que la mujer que hacía las camas y fregaba el suelo en su casa era ni mínimamente parecida a cualquiera de las espectaculares hembras que podemos ver hoy día en las pelis porno, porque a buen seguro nuestros padres, muy machos y señores de su casa ellos, habrían mandado a nuestras madres a tomar por saco y la hubieran sustituido por estos pibones, que habrían dado alegría a sus últimos años y, con suerte, también a los de nosotros sus hijos.