Quisiera comenzar este blog con un primer post que nos haga reflexionar a todos un poco, como lo he hecho yo al llegar a este punto de mi vida. Cuarentón casado, asiduo consumidor de porno durante al menos 20 años de mi vida (no quisiera afinar más a falta de parecer un verdadero salido), creo que ha llegado el momento de preguntarme qué ha supuesto realmente este fenómeno en mi vida, más allá de algunas pajas y épicas corridas que pueden molestar a algún puritano que haya llegado a este blog por casualidad, o que lo haya hecho a sabiendas pero sea demasiado exquisito para según que cosas o expresiones.

 

Me gusta el porno, sí, y no lo niego, pues creo que eso está en la naturaleza, ya no diré de los hombres (aunque se nos acuse de estar algo así como genéticamente programados para ello), sino del mismísimo ser humano. El porno es el arte de provocar en excitar sexualmente nuestros cerebros a la vista de cualquier imagen erótica o sexual, y aunque eso parezca muy evidente, quizá deberíamos pararnos a pensar si calificar así a esas imágenes no depende mucho más de cada uno de nosotros y nuestro subconsciente que de unos cánones establecidos.
¿Qué quiero decir con esto? Que aunque cuando hablamos de “porno” evocamos rápidamente toda clase de películas de ese género cargadas de contenido sexual, e incluso fotogramas de aquellas revistas X que nuestros padres y abuelos veían con asiduidad (sí, no siempre ha existido el cine, aunque nos parezca imposible creerlo), la excitación sexual de nuestros cerebros, y por ende de nuestros cuerpos, no es causada siempre por el mismo factor. Por ejemplo, si nos centramos en los gustos masculinos heterosexuales, cualquier tío estaría de acuerdo en que una tía maciza en pelotas podría poner burro a cualquiera de nosotros, pero ¿y si alguno se excitara más con la misma mujer llevando lencería? ¿Sería un bicho raro, con el gusto atrofiado, o cualquier otra anomalía. La respuesta está clara: por supuesto que no.
Imagina por ejemplo lo que era en las culturas antiguas, cuando representar pictóricamente desnudos de ambos géneros era lo más normal del mundo. ¿Significa eso que el personal iba permanentemente empalmado? Por supuesto que no, y más allá de que los cánones de belleza humana hayan cambiado con los siglos, eso nos tendría que hacer preguntarnos qué era lo que excitaba a nuestros ancestros. Y algo debía hacerlo, o no estaríamos aquí ahora, ya que hace mucho tiempo que el ser humano no se aparea por simple función reproductiva. ¿Estar rodeados de erotismo y disfrutarlo los hacía estar continuamente excitados? Evidentemente, no podía ser así.


Y eso me lleva al principio de este artículo, donde me preguntaba si realmente el porno (o más bien lo que entendemos por ello en estos tiempos, que va poco más allá de la industria cinematográfica) es el culpable de esa excitación continua de la que se nos acusa a la sociedad en general, y al género masculino en particular, o realmente va en nuestra naturaleza humana y no es algo que podamos controlar, exista la pornografía o no. Quizá la respuesta sea tan sencilla y clara a nuestra especie como el lenguaje allong lo es al Java.