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Mitos del porno: la profesora severa

A todos los que sois estudiantes, o lo habéis sido en algún momento (porque creo que este tema de hoy lo hemos sufrido casi todos en nuestras propias carnes), seguro que os suena mucho eso de beber los vientos por uno de vuestras profesoras. Habrá muchos que hayáis tenido que lidiar con alguna docente hasta el final del curso, para que pasara la mano y finalmente pusiera un aprobado en el boletín de notas; y que mientras la peloteabais por fuera, la maldecíais por dentro.

La atracción de los alumnos por sus profesoras es algo totalmente típico de la época estudiantil, que como te agarra en un momento en que las hormonas están algo revueltas, acabas por tirarte a todo lo que se pone por delante si tienes la oportunidad. Y como con los años la cosa va a peor, los primeros años de universidad y algunos anteriores son como un infierno, sobre todo cuando empiezas a ver profesoras sexys por acá y por allá, que no sé qué pasa pero estas mujeres cada vez están más buenas, y uno no sabe si está en un centro de educación o directamente en una pasarela de modelos.

Básicamente, este mito porno puede dividirse en dos. Por un lado, tenemos esas profesoras realmente espectaculares, todavía jóvenes que se pasean por los pasillos con sus vaqueros apretados y sus minifaldas ceñidas, y que en clase uno está deseando que se incline sobre tu hombre para explicarte lo que sea, y te deje echar un vistazo a su canalillo, gracias a su generoso escote. Con estas tías, poco importa que tengas 20, 40 o 60 años: siempre te vas a sentir atraído por ellas, pero para colmo el detalle de que sea tu docente todavía les confiere más atractivo.

Sin embargo, hay otra vertiente de este legendario mito, mucho más morbosa y que en realidad ha hecho que se pueda considerar como algo erótico. Y es cuando se siente atracción por esa profesora madura, severa, con cara de palo, que nunca viste a la moda, y que por alguna razón siente un increíble placer cuando suspende a alguien. Gracias a los videos porno creemos que a estas mujeres intransigentes se las tiran los alumnos para poder sacar algún que otro aprobado que no merecen por sus esfuerzos académicos, pero ¿y que tal cuando la cosa es por puro placer, y no por interés? El poder que da ser quién mande en una clase llena de pajilleros es muy atrayente, y aunque no lo creáis, muchos estudiantes han caído bajo su embrujo, y han terminado tirándose a su profesora más chunga solamente porque tenían ganas de hacerlo.

Mitos del porno: tirarse a la pornochacha

Mitos porno: la pornochacha
Metidos ya en la cuestión, quisiera hablaros hoy de uno de esos mitos pornográficos que nos acompañan desde hace generaciones y que generan adeptos a puñados día a día entre las nuevas filas de adeptos al porno: la pornochacha.
Como hijo de familia de clase media en aquellos años postfranquistas, tuve la suerte de contar con la presencia de una chica de la limpieza que venía a casa dos veces por semana durante mis años de caliente adolescencia. Ella, Pepa, ya más madurita que otra cosa, nunca vestía provocativamente (¡Dios la librara!), ni iba marcando muslamen ni culazo con faldas cortas y ceñidas, ni enseñaba canalillo (o canalón, según puedo recordar) con sus escotes abiertos aunque no le faltaban dos buenos pechotes para hacerlo; pero en mis noches más salidas, no podía evitar ponerme muy burro imaginando que hacía todo eso, y más de una pajilla cayó imaginando que Pepa entraba en mi cuarto y… Bueno, en aquellos años mozos la imaginación no me daba para mucho más, porque en ese momento ya estaba a punto de explotar y tenía que terminar la gayola, jeje.
Algo más tarde, cuando salí del colegio de curas y entré en el instituto, descubrí que no era yo solo el que aquejaba del mal de la pornochacha, y que todos mis amigos lo padecían y disfrutaban por igual. Aunque, eso sí, ninguno podía decir que la mujer que hacía las camas y fregaba el suelo en su casa era ni mínimamente parecida a cualquiera de las espectaculares hembras que podemos ver hoy día en las pelis porno, porque a buen seguro nuestros padres, muy machos y señores de su casa ellos, habrían mandado a nuestras madres a tomar por saco y la hubieran sustituido por estos pibones, que habrían dado alegría a sus últimos años y, con suerte, también a los de nosotros sus hijos.