Un homenaje para los consumidores de vídeos porno

No sé si a vosotros os habrá pasado, pero yo me he encontrado muchas veces con la curiosa situación de gente que niega que ve vídeos porno. A ver, cuando estamos entre colegas de toda la vida, unos tíos ya hechos y derechos con todas las libertades que eso conlleva, ¿qué sentido tiene negar que te conectas a internet para ver tías buenas follando (o tíos, depende de cada caso)?
Y digo que es curioso, porque también me he encontrado con la situación contraria, y es que alguien que no es muy amigo de esas cosas, miente y reconocer ser un consumidor compulsivo de porno online, cuando no es cierto. Y lo penoso es que, como dice el refrán, se coge antes a un mentiroso que a un cojo, y en este caso es facilísimo calar a unos y a otros.
A los primeros, esos que dicen que no ven porno por internet, ni en revistas, ni se alquilan películas X, no hay más que sacarles el tema para pillarlos infraganti. Hablas sobre una de estas estrellas del cine para adultos, comentas que la has visto en tal o cual película, lo buena que estaba y cómo se la metían, y esta gente no puede esperar a la próxima frase para meter baza y empezar a hacer comentarios sobre una tía y una escenas que, supuestamente, no han visto. ¿Veis dónde está el truco?
Bueno, puesto que todavía nuestra sociedad es tan dada al puritanismo, esta actitud puede ser más o menos entendible, puesto que siempre habrá quien nos tache de pervertidos, o cuando menos viciosos, y lo mismo no te apetece tener esa reputación por ahí (muchos menos si tienes pareja, esposa, o algo similar). Pero amigos, para la contraria, ya no le encuentro tanta explicación.
Porque sí, también hay tíos a los que les sacas el tema del porno en internet, y sin que te de tiempo a meter más baza, ellos empiezan a hablarte de una u otra actriz, de todas las escenas que protagonizan, de la cantidad de películas en las que las ha visto… Y tú te das cuenta de que están mintiendo, porque ni la actriz en cuestión pudo hacer físicamente tantos trabajos (por edad y por aguante físico), ni ellos tienen horas materiales al día para ser tan expertos en el tema, ¿es que no trabajan, no comen, no viven?
No soy capaz de imaginar por qué estas personas quieren hacerse las expertas en un tema del que no están muy puestas, a no ser que sea para encajar en el grupo y parecer que son importantes. A mí, qué queréis que os diga, me parece tan patético un comportamiento como otro.
Por eso, lo mejor es ser sinceros, e ir de legales por la vida. ¿Qué te gusta ver vídeos porno y cascártela mientras lo haces, o verlos con tu pareja para calentar el ambiente y acabar follando como descosidos? Pues perfecto, sois mayores de edad. ¿Que el porno no te pone tanto como debería, y prefieres tener a una tía de carne y hueso a la vera para ponértela dura? Pues oye, a buscártela y a darle gusto al cuerpo, que, como se suele decir, la vida son dos días.

Para los que se lanzan al porno casero

Leí hace un poco un artículo sobre el teletrabajo, lo beneficioso que era para el trabajador que podía conciliar su vida laboral y familiar en el mismo espacio y a su antojo, lo cómodo que resultaba elegir el horario de trabajo y sentirse rodeado de todas sus cosas; y también los beneficios para la empresa, que gozaba así de trabajadores más felices y que rendían más.


Durante muchos años años ese es el trabajo que he estado realizando, y os digo, es una mierda, así de claro. En el teletrabajo nunca acabas de desconectar, y acabas sin tener un espacio que sea verdaderamente tuyo, ya que todo se ubica en tu propia casa. Atiendes tus asuntos personales y laborales a la vez, y aunque no tienes horarios, o al menos entre comillas eso es lo que parece, cuando te das cuenta son las tantas de la tarde, tienes tareas por hacer, pero el día se acaba y tienes que atender tu casa. Cómo ves, no todo son ventajas, aunque sí que las hay, depende de tus circunstancias.
Sin embargo, tengo un amigo que me ha confesado una cosa, y eso me ha hecho pensar. Resulta que Pedro, mi amigo, me vino el otro día con la historia de que él y su mujer estaban haciendo vídeos porno XXX; me quedé de piedra, porque Loli, su mujer, es una mujer bastante noña que siempre me ha parecido que debía ser bastante aburrida en la cama, y no me la imaginaba yo en estas vicisitudes. Pero está claro que uno no acaba de conocer nunca realmente a otra persona.
Pues resulta que Pedro lleva ya una buena temporada en paro, y con su mujer tienen un par de críos todavía pequeños. Aunque su ritmo de vida no se ha visto exactamente deteriorado, sí que han ido recortando de aquí y de allí lo que han podido, pero se daban cuenta de que cuando a mi amigo se le acabara la prestación por desempleo, la cosa podía ir a peor. Una noche, mientras miraban una peli de porno amateur, a él se le ocurrió una idea, porque había visto en una web xxx de esas que le gustan tanto que había cierto concurso de grabaciones amateur donde daban un buen pellizquito si ganabas; y así se lo dijo a su mujer.


Loli puso el grito en el suelo, por supuesto, y se negó de plano; pero Pedro no se rindió, y aprovechando un día en que se duchaba, le hizo a escondidas unas fotos caseras, y las mandó a un portal de maduras xxx; tuvieron un éxito del carajo, porque la verdad es que ella está de muy buen ver, las cosas como son. Cuando Pedro vio la cantidad de visitas y comentarios positivos que tenían las fotos, se lo enseñó a Loli, y por ahí pudo convencerla de grabar su primer vídeo casero porno.
Y por fin, y ahí es donde quiero llegar, sin proponérselo se han convertido en todos unos pornstars amateur; Pedro me confesó que estaban ganando un buen dinero, tanto que se había hecho autónomo, y que se estaba de puta madre haciendo lo que te gusta y que encima te pudieras ganar la vida con ello, y muy bien ganada. Y tiene razón, la verdad, es todo un chollo.
Por eso me pregunto si no será que mis reticencias hacia el teletrabajo no serán porque me he equivocado claramente de ocupación. ¿Cómo me iría a mí la vida si me dedicara a grabarme cada vez que me tiro a mi novia y después vendiéramos nuestros vídeos en internet? Sería cuestión de proponérselo, no creas, aunque ella, a pesar de ser muy moderna, es bastante reticente a eso de magrearnos en público, y puede que pusiera sus reparos; claro que si mi amigo pudo convencer a la pazguata de Loli, ¿por qué no iba a poder yo convencerla a ella?


Pero tengo que confesar que no me considero tan echado palante como Pedro; seguramente yo tampoco tendría el desparpajo para sentirme cómodo delante de un objetivo mientras follo. Pero ojo, ese es un problema personal; nada impide que otros más lanzados que yo puedan hacerlo, y según el ejemplo de mi colega y su mujer, está claro que ser valientes para hacerse una grabación de porno casero es un negocio que vale la pena tener en cuenta.

Mitos del porno: tirarse a la pornochacha

Mitos porno: la pornochacha
Metidos ya en la cuestión, quisiera hablaros hoy de uno de esos mitos pornográficos que nos acompañan desde hace generaciones y que generan adeptos a puñados día a día entre las nuevas filas de adeptos al porno: la pornochacha.
Como hijo de familia de clase media en aquellos años postfranquistas, tuve la suerte de contar con la presencia de una chica de la limpieza que venía a casa dos veces por semana durante mis años de caliente adolescencia. Ella, Pepa, ya más madurita que otra cosa, nunca vestía provocativamente (¡Dios la librara!), ni iba marcando muslamen ni culazo con faldas cortas y ceñidas, ni enseñaba canalillo (o canalón, según puedo recordar) con sus escotes abiertos aunque no le faltaban dos buenos pechotes para hacerlo; pero en mis noches más salidas, no podía evitar ponerme muy burro imaginando que hacía todo eso, y más de una pajilla cayó imaginando que Pepa entraba en mi cuarto y… Bueno, en aquellos años mozos la imaginación no me daba para mucho más, porque en ese momento ya estaba a punto de explotar y tenía que terminar la gayola, jeje.
Algo más tarde, cuando salí del colegio de curas y entré en el instituto, descubrí que no era yo solo el que aquejaba del mal de la pornochacha, y que todos mis amigos lo padecían y disfrutaban por igual. Aunque, eso sí, ninguno podía decir que la mujer que hacía las camas y fregaba el suelo en su casa era ni mínimamente parecida a cualquiera de las espectaculares hembras que podemos ver hoy día en las pelis porno, porque a buen seguro nuestros padres, muy machos y señores de su casa ellos, habrían mandado a nuestras madres a tomar por saco y la hubieran sustituido por estos pibones, que habrían dado alegría a sus últimos años y, con suerte, también a los de nosotros sus hijos.

El sentido de eso que llamamos porno

Quisiera comenzar este blog con un primer post que nos haga reflexionar a todos un poco, como lo he hecho yo al llegar a este punto de mi vida. Cuarentón casado, asiduo consumidor de porno durante al menos 20 años de mi vida (no quisiera afinar más a falta de parecer un verdadero salido), creo que ha llegado el momento de preguntarme qué ha supuesto realmente este fenómeno en mi vida, más allá de algunas pajas y épicas corridas que pueden molestar a algún puritano que haya llegado a este blog por casualidad, o que lo haya hecho a sabiendas pero sea demasiado exquisito para según que cosas o expresiones.

 

Me gusta el porno, sí, y no lo niego, pues creo que eso está en la naturaleza, ya no diré de los hombres (aunque se nos acuse de estar algo así como genéticamente programados para ello), sino del mismísimo ser humano. El porno es el arte de provocar en excitar sexualmente nuestros cerebros a la vista de cualquier imagen erótica o sexual, y aunque eso parezca muy evidente, quizá deberíamos pararnos a pensar si calificar así a esas imágenes no depende mucho más de cada uno de nosotros y nuestro subconsciente que de unos cánones establecidos.
¿Qué quiero decir con esto? Que aunque cuando hablamos de “porno” evocamos rápidamente toda clase de películas de ese género cargadas de contenido sexual, e incluso fotogramas de aquellas revistas X que nuestros padres y abuelos veían con asiduidad (sí, no siempre ha existido el cine, aunque nos parezca imposible creerlo), la excitación sexual de nuestros cerebros, y por ende de nuestros cuerpos, no es causada siempre por el mismo factor. Por ejemplo, si nos centramos en los gustos masculinos heterosexuales, cualquier tío estaría de acuerdo en que una tía maciza en pelotas podría poner burro a cualquiera de nosotros, pero ¿y si alguno se excitara más con la misma mujer llevando lencería? ¿Sería un bicho raro, con el gusto atrofiado, o cualquier otra anomalía. La respuesta está clara: por supuesto que no.
Imagina por ejemplo lo que era en las culturas antiguas, cuando representar pictóricamente desnudos de ambos géneros era lo más normal del mundo. ¿Significa eso que el personal iba permanentemente empalmado? Por supuesto que no, y más allá de que los cánones de belleza humana hayan cambiado con los siglos, eso nos tendría que hacer preguntarnos qué era lo que excitaba a nuestros ancestros. Y algo debía hacerlo, o no estaríamos aquí ahora, ya que hace mucho tiempo que el ser humano no se aparea por simple función reproductiva. ¿Estar rodeados de erotismo y disfrutarlo los hacía estar continuamente excitados? Evidentemente, no podía ser así.


Y eso me lleva al principio de este artículo, donde me preguntaba si realmente el porno (o más bien lo que entendemos por ello en estos tiempos, que va poco más allá de la industria cinematográfica) es el culpable de esa excitación continua de la que se nos acusa a la sociedad en general, y al género masculino en particular, o realmente va en nuestra naturaleza humana y no es algo que podamos controlar, exista la pornografía o no. Quizá la respuesta sea tan sencilla y clara a nuestra especie como el lenguaje allong lo es al Java.